Bien consciente de que los días tirados a la basura no se reciclan, en un vertedero no hay otro sitio donde tenderlos a secar. Ni perfume que amortigüe este hedor a rancio de las penas que aireamos por la ventana. No hay cubo de la basura, aquí siempre se barre para casa y sólo mierda se consigue como premio a cada esfuerzo. No hay potingue o maquillaje que embellezca o disimule lo prescrito ni lo póstumo, la ponzoña y el barbecho. Solo hay composta. Pero vivir donde nadie más quiere es la manera de asegurarse que no vengan a molestarle a uno con sandeces ni delirios de grandeza. Y la única forma de limpiar es pasarlo por la hoguera. Dicen que la quema purifica, así que me digo a mí mismo que me estoy purificando hasta que encuentre nuevamente el rumbo.
De perdidos al río. Mi brújula mágica ya sólo apunta hacia abajo, hacia lo más profundo del mar, hacia todo lo que se ha perdido. Un dolor fantasma en el pecho, un repiqueteo silencioso de una caja musical que ya no suena, dejando ecos de silencio en el tambor que recubre el esternón y las costillas que enjaulan un vacío que se abarrota sobre los pulmones y se pega como alquitrán, esta brea viscosa que se enquista entre las vértebras, subiendo por la espina dorsal y encaramándose al cerebro escapa por la nariz y la boca. Un pútrido vómito de bilis negra que necesita abrirse paso y respirar aire puro.
El universo me sigue hablando de fantasmas y yo ya no le entiendo, siento que no hablamos el mismo idioma. Nunca he dejado de escucharle, sólo de comprenderle. Le pido que me lo grite al oído y entonces se hace el silencio. Si se ríe de mí, espero que lo disfrute, aunque me parece una broma de mal gusto, pues aún me queda el regusto amargo de quien hace oídos sordos. Y aún así continúa insistente en su monólogo incomprensible, como si necesitase recordatorio en este reproductor de bucles que tengo por procesador lógico. Si la primera fueron de siete a siete, la segunda serán de veinte a veinte.
De la E a la H sólo hay tres saltos aunque sean exponenciales. Lo que ayer era un tatuaje hoy será mi nuevo traje, llevo puesta mi mejor mortaja para hacer el ridículo en este baile de máscaras de hierro. Y mientras todo el mundo baila dando vueltas, yo simplemente espero sentado y les dedico una sonrisa. Hoy no hay películas en la cartelera, ni motos en el escaparate. Hoy no hay lugar para el disparate, ni para el oro de 25 quilates. No hay héroe que nos rescate, no hay futuro en el horizonte y el pasado se coló por el váter. Hoy sólo queda el silencio para que nos mate.
I want to dye every mourning with the hue breeze of a smile
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