Aposté todo al rojo. Los ahorros de la media vida que me quedaba después de casi morir y resucitar a temprana edad. Los que piensen que estoy loco, no entienden que el bote merecía con creces el monto, que no era por el placer de ganar cual ludópata, sino por valorar el botín por encima de cualquier precio. Sabía que la alternativa era la bancarrota y en esas miserias nos encontramos, pero no pediré limosna, no tanto por orgullo sino por la satisfacción de merecerme el poco pan que quede para alimentar estas hambrunas. El cuerpo se acostumbra a la falta de inanición, sobrevive por instinto. Igual esa es la razón de la pulsión en mis caderas, pues poco hambre me queda para motivar dejar apenas una huella más en éste círculo de una sola hormiga. O quizá no sea por eso, sino por pura inercia o costumbre. El zombie no sabe necesariamente a dónde va, pero se mueve. Igual son meros creyentes persiguiendo una promesa. Y yo que aún no he perdido la fe y no entiendo ni por qué, lo que sí he perdido es la creencia. Será por eso que la fe mueve montañas. Veremos si se atreve con el volcán apagado que las creó en otras eras.
No hay época correcta para las cenizas. No hay estatuas como las de Pompeya, ni ruinas como las de Roma.
Ya no hay oreja que escuche el bombeo de mi caja musical, que baile al ritmo de este subwoofer, que cante los coros de las frecuencias que nadie más conoce. No sé si a trompicones o en staccato, si a pesar de o por consecuencia, este tartamudeo o tiriteo separado por arrebatos del aire en el pulmón se me han ido calando hacia arriba, hasta las mismas raices sinápticas del árbol que nunca dio fruto.
No hay resquicio en mi desquicio por el que no se cuele el aire embriagado con mis fantasmas, que hasta el quicio de la puerta me lanza un torrente por mucho que me encierre. No hay oficio ni servicio, ni beneficio ni sacrificio en este juicio a puerta cerrada, sólo un verdugo y una sentencia dispuestos a cobrar venganza. No me preocupa cumplir condena, aún siendo mi pena la mayor de las penas. La pena de muerte, qué faena que a veces caiga en cuenta ajena, que uno se quema por dentro cuando no le tienen en cuenta. Cuenta las frases que quedan para cumplir la treintena, que igual nos hemos pasado y ya sólo queda la cuarentena. Cuanta tinta en vena, la justa para cortar el tabique y estirar la pierna, la última canción tierna en esta verbena. La última luz vespertina en estas noches de bohemia. Faroles al aire perdidos en las memorias que quedaron echadas por tierra. Aquí al más tonto se le entierra y que se conforme con la esquela.
El que rema en un bote a la deriva en medio del mar piensa que el destino está en sus manos, en sus remos, a pesar de que su futuro esté en manos del dios de turno. Como un laberinto sin entrada ni salida. Al nadar en pánico uno se cansa y pierde las fuerzas, y sin embargo al quedarse muerto uno flota sin esfuerzo, y sin embargo por mucho que flote uno no puede elegir a dónde ir, sino tan sólo esperar a llegar hasta la orilla antes de morir de sed o de que se lo coman los percebes. La lucha no siempre es necesaria, sobre todo cuando uno no busca ganar, sea por falta de interés o de botín. A uno sólo se le pide respirar.
En el mundo en blanco y negro desolado que sólo conoce el lobo que se esconde tras las estrellas, no hay suspiro ni susurro que perturbe el silencio atronador que carga el ambiente de sus bosques. Donde todo ha muerto sólo queda paz, y se dice que la paz es el principio de la felicidad, o quizá el origen. Entre el alfa y el omega que se turnan en tándem en el infinito, que se mezclan grácilmente en el yin yang, el todo y la nada juegan a pasar del otro mientras se desean, juegan a perder para poder ganar mañana en un mundo donde no hay mañanas. De compartir el infinito a medias a dejar su cadáver en el armario. Muerto el símbolo se acabó la magia. No hay victoria sin valor ni compañía en la distancia.
En los puntos que separan una frase de las demás, donde dos puntos se apartan y tres más se preparan, dicen que el viento puede oírse riendo entre palabras, bailando entre líneas y abriendo las ventanas. Moviendo las veletas, llenando los pulmones, entre gritos y carcajadas. Yo conozco su nombre aunque no acude a mi llamada, porque no hay sonido en este nido de memorias acabadas.
Y aún así, desde este confín de los confines de silencio en esta nada, este mundo de espejismos alejado de miradas, donde todo ya ha pasado y no hay futuro ni veladas, ni el vacío me impide despedirme a mano alzada.
I feel like I could puke my guts up, if they weren't already on the floor. I feel like I'm losing grip on.. and on. EDEN
No hay comentarios:
Publicar un comentario