De nuevo llega ese momento del mes, como si fuera un nuevo biorritmo al que me he empezado a acostumbrar, en el que la humedad llega a un punto crítico y la nube no puede hacer otra cosa que precipitar.
Me estoy convirtiendo poco a poco en el ermitaño que de alguna manera siempre supe que acabaría siendo, como quien hace las maletas para irse de viaje. Supongo que estaba escrito, estaba pactado. No soy capaz de definir si es una cuestión de videncia o si la evidencia es tan sólo una mera profecía autocumplida. Y de nuevo, no sé hasta qué punto siquiera importa.
El nihilismo intenta convencerme de manera insistente, y en este punto ni siquiera me sale discutirle. Igual ese es motivo suficiente para preocuparse, pero supongo que en mi aceptación por el mundo en el que habito, la lluvia tóxica se filtra por cualquier grieta. Con la falta de interés y superado el miedo a la pérdida, la preocupación está condenada a desaparecer en algún momento, posiblemente indignada, cuando termine de burlarme de ella.
¿Qué importa? Cada día esta pregunta se contonea a mi alrededor, como si de una hembra en celo se tratase, intentando seducirme hacia el infinito. Sin respuestas, sin musas y con la botella de vino vacía, le contesto con el desinterés de un asexual a esta Afrodita de pacotilla. ¿Qué importa lo que nos importe?
Las cosas tienen el valor que les damos al luchar por ellas. Por conseguirlas y por mantenerlas. El resto es paja para quemar y calentarse confortable en la alcoba. Todos queremos que llegue ese héroe que salve al mundo, pero casi nadie está dispuesto a serlo, a convertirse en él. La dedicación, el sacrificio y la entrega están en peligro de extinción. Igual que la humanidad.
Al mago no le hacía falta que le pidieran hacer magia. Necesitaba hacerla y compartirla con el resto. Le emocionaba la idea de ver la ilusión de los ojos maravillados ante lo inefable. Y aunque lo hiciese por la satisfacción de uno mismo, era un acto de solidaridad. Yo nunca necesité pruebas, pero siempre las tuve. Siempre me asaltaron las dudas, pero nunca pesaron tanto como mis certezas. Hoy las dudas pasan de largo, como casi todas las certezas. Ya no son mías, o aún no me he dado cuenta de que nunca lo fueron.
El lobo dentro de mí ha salido hacia el infinito y se ha quedado en el plano de aquellos sueños que nunca se cumplen, que sólo sirven de veleta para poner un pie detrás del otro hasta llegar a algo que podamos dogmatizar como destino. Y a pesar de los sueños bonitos puntuales que me hacen despertarme con el corazón caliente como las ascuas de un fénix que no ha muerto del todo, cada vez las direcciones me parecen tan irrelevantes como la hora que marca el reloj. Este mundo humano deshumanizado y que adora el metal, el brillo y la idea ilusoria de algo por encima de lo palpable, que se maquilla porque le da más importancia parecer bello antes que serlo, dejando un sabor a petroleo al besarlo, ha perdido casi todo su encanto.
Así que le respondo a la ramera que me orbita intentando rellenar un hueco infinito, ¿cómo vive un soñador fuera de los sueños? ¿Cómo vive el que ama la vida en un mundo muerto? ¿El mago en un mundo que daría lo que fuera por ser engañado antes que por ver la magia de verdad? Sé que no sabe la respuesta, lo que le afea el contoneo y le pone en evidencia. Y a nadie le gusta eso. La evidencia y la verdad son los enemigos de esta sociedad, por lo que abanderarse con ellas es una manera efectiva de espantar a las pobres almas perdidas que osen acercarse a la puerta. Eso y no tener puerta.
Defy them. Defy them. Live your life with every ounce of passion that I know that you have, and they'll never own you - Delphine
Fuck it.
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