jueves, 20 de marzo de 2025

Estaba escrito en las estrellas

 Nunca voy a dejar de escribir. No puedo. Es como arrancarme el corazón, moriría desangrado.

Con esta canción en bucle de fondo que tanta historia tiene detrás y a escondidas para evitar la bronca de la musa que me tiene el corazón de media vuelta, encuentro este huequito secreto para escaparme cinco minutos que se vuelven horas perdidas y noches casi en vela, casi un avance en la dejadez de mis costumbres dañinas. Me desquito, de a poquito, de las piedras que se me han ido amontonando en la mochila, pero empiezo por las chinas en vez de por las losas, por vago, por pereza, por miedo y por comodidad. Sigo siendo un experto en procrastinar, casi no atino a representar esta faceta que casi tengo que actuar hasta lograr convertirla en mi nueva rutina. He cambiado tanto y sigo siendo el mismo, nunca fui más rápido que mi sombra. 

Escribo retazos de los cuadros que nunca supe pintar, usando palabras sobre un lienzo que no existe, tan sólo en las paredes de la caverna en la que las pinto, la parte cóncava desde la que mi cerebro proyecta todos los sentimientos que poco a poco rebosan y salen hacia fuera. Esas ramas enroscadas como babosas, cual intestino con espasmos que no sabe muy bien cómo terminar de funcionar. Hoy es él quien escribe más que yo, por eso es tan visceral, tan gráfico, tan lógico, tan insípido y tan adulto. Tan distante, como el pasado en el que vive siempre que puede.

Y eso hace que el niño salga y le mande a tomar por culo. El niño no quiere nada de eso, está harto de escuchar al adulto decirle cómo actuar sin pararse a valorar como sentir, que es el mayor sentido del vivir.

El niño no conoce límites, y anima al adulto a transgredir a través de la duda y la crítica. El adulto se presupone inteligente al cuestionar, el niño ríe sabiéndose artífice con su ilusión de transgredir las paredes que la mente pone pero que él sabe que no existen. Salta de un lado y le dice al otro que si quiere se imagine vallas para darle un sentido, ríe porque sí y le dice que imagine el chiste que más le guste al pobre que necesite excusas. Le dirán tonto, le dirán iluso, se hará daño al caerse, al jugar sin mesura ni preocupaciones, llorará y sufrirá como el que más intensamente vive cada momento, y seguirá repitiendo ese bucle mientras viva. Porque eso es lo que hace el niño. Vivir. Vive y pervive y te invita a unirte a esa locura en la que el sentido y la razón se quedan en los sueños que la sociedad llama vigilia, en las responsabilidades de las personas mayores. El niño no es mayor, aguanta al mayor que tiene al lado porque no le queda otra, pero no se deja manchar por la edad que le pesa al adulto petulante que se cree más sabio por ser más aburrido y estar más preocupado. ¿Quiénes somos para darle lecciones a los niños? ¿Qué lecciones merecen realmente la pena? ¿Cuáles realmente aportan algo que no sea miedos y preocupaciones? ¿Acaso no estaremos manchando almas puras con la suciedad que hemos ido acumulando durante estos años? ¿Acaso no nos ha empañado el alma el dolor, las decepciones y los errores que no nos perdonamos?

Dejemos a los niños ser niños. Toda la vida. Que se mueran felices, ajenos a la madurez. Dejémosle eso a los mayores que sólo lo son porque decidieron envejecer. Las almas no envejecen, sólo crecen. La noche es joven porque ahí está mi niña. Le pondremos un jersey que no se quite nunca. Y con suerte todavía estará al otro lado de la cama por la mañana. Y mientras tanto yo no dejaré de escribir, aunque el corazón se me escape a base de golpes en su celda. Quiere salir pero no tiene la llave. Finders Keepers. A ver si lo encuentras. Sólo es una referencia, cuando la encuentres te la quedas. Está esperándote. Y yo mientras tanto me aparto y me voy allí donde me han puesto, esperando paciente en los márgenes de mis sueños hechos realidad. La paciencia es un arte, pero yo no soy artista. El único arte que finjo conocer es el de poner palabras en cadena con algún aparente sentido y que a una persona en el mundo a veces incluso hasta le guste. Me inclino ante esta ovación en silencio, al final de mi obra para un solo espectador. Nunca lo hice por los aplausos ni por la fama, siempre por la necesidad impertérrita de vomitar mi corazón a chorro. No te manches, que destiñe. Traigo mi bolsa transparente para que ni eso se lo quede la imaginación. Y cuando ya no quede nada más que conocer, y sea el acontecimiento más aburrido y predecible que conozcas, te dejo incluso que bajes el telón y termines la función.

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