Y no sueño, o al menos no me acuerdo como antes. Me siento víctima y verdugo de mi mente, intentando escapar y a la vez quedarme aquí a vivir para siempre. Misántropomorfo. Con la boca llena y no digo nada, con el alma vacía y que con agua no se llena. Con la vena del escriba aunque escriba con la tinta de mis venas. No sé en qué punto de mi vida he dejado de vivir, ni en qué punto mi vida ha dejado de ser mía, si la he escondido, si la he tirado a la basura o si he intentado quitármela y lo he conseguido entre líneas.
Sin saber si el olor es tuyo o no es tuyo, si el reloj es mío. Queriendo demostrarte o demostrarme lo fuerte que soy, mientras las piedras caen del muro corroído, mientras la pared se desconcha, la pintura del techo cae por el exceso de humedad, el cuerpo se tumba en el suelo y alguien llama a la puerta pidiendo permiso.
No estaré vacío cuando escribo, pero el aire que respiran mis pulmones está viciado, huele a carne, humo, vientre y rabia y la mañana se hace eterna, una noche es un suspiro, y los sueños, ni eso, ya ni sueños en los que refugiarme tengo, ni de los que quiera escapar, ya ni mundo paralelo efímero asiduo y misterioso que me mate cada noche.
Mis noches están vacías.
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