Los sueños están hechos de magia. Esa energía pura tan poderosa, capaz de alterar los sistemas que construyen nuestra realidad. El universo la conoce y la teme, puesto que ejerce una fuerza extrema que lo remueve por dentro, convirtiéndolo en esclavo de sus designios.
Nacemos con tanta magia que la exudamos por cada poro. Nos desbordamos y nos desborda tanto que de niños estamos llenos de sueños. Tantos sueños, que soñamos incluso a plena luz del día. Y de tanto que soñamos, es normal que acabemos viviendo una realidad paralela.
Sin embargo, pocos son los adultos sin sueños rotos. Cuando un sueño se rompe, como un cristal tan frágil como una pompa de jabón, sus añicos se esparcen hacia todos los confines del mundo por entropía. Vuelven a formar parte del caos relativo que conocemos como Kosmos. Son tantos los añicos, y tanta la distancia entre los mismos, que un sueño roto no puede volver a recomponerse. No tiene arreglo. Uno puede volver a soñar otra vez con algo similar, pero siempre será por segunda vez. Lo que ya ha muerto no puede morir, las primeras veces son únicas, intransferibles, irrepetibles.
No podemos desconocer lo conocido. No existe, más allá del plano teórico, la vuelta atrás. Volver te lleva de nuevo pero con todo lo recorrido a la espalda. Y cada pasó dejó su huella, sea o no visible ahora.
La magia existe y es visible para el que la busca. No son pocos los que la temen y la rechazan por lo que implicaría aceptar su existencia. A veces, sin quererlo, cuando sacamos al niño que llevamos dentro, se nos presenta en la cara y nos marca en la frente. Luego la gente lo explica como bien puede o como quiere.
Pero la magia es como cualquier objeto de valor. Tenerla implica la capacidad de perderla, y generalmente la perdemos cuando se nos rompen los sueños. Y creo que eso duele más que cualquier herida física. Porque la vida sin sueños, sin magia, es como una comida sin sabor, como una película en blanco y negro.
Hoy ha muerto un sueño, y ésta es su marcha fúnebre.
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