La vida es una experta en darnos sorpresas. Por más preparados que creamos que estamos, uno nunca está realmente listo para descubrir la verdad sin sobresaltarse, ni para enfrentarse a ella y salir indemne.
No me arrepiento de mi inocencia, no me lamento por mi locura, ni me culpo por los saltos de fe que la ilusión me hace dar. Me enorgullezco de ser la mota del universo más alejada de esta sociedad de realismos y realidades que enmascaran lo bello tras lo bonito, donde se oculta lo puro y se destila lo profundo para poder satisfacer la pretensión y el brillo del latón.
Pero por más que uno acepte la pureza y la verdad como sean, uno siempre intenta aliviar el dolor cuando le aqueja, sea enfrentándolo o rehuyéndole, supongo que porque al hombre le tira el mono que lleva dentro, cuya sabiduría profunda sabe que las heridas que no se dejan de lamer, no se pueden cicatrizar.
Las palabras huecas nunca podrán satisfacer a un corazón hambriento, si no hay sustancia, no hay sustantivo, carece de consistencia de cualquier tipo. Quien se construye castillos en el aire sin cimientos, queda a merced del aire o de la gravedad, y en esa gravedad me encuentro en la que nada pudo escapar del agujero negro que tengo por hogar.
Cuando un dios sangra, una masa de seguidores entra en pánico y se cuestiona su propia existencia, y esto después genera rabia. El engaño poco importa si es intencionado para aquel que lo sufre y debe reconfigurar los cimientos de su realidad, y al final la gente pide sangre.
Cuando aquél dios bajo la lluvia pasó a mirar a otro lado, pensé que lo coherente era hundirme con mi bote. Al fin y al cabo, uno en sus momentos de tristeza no valora el bombeo de su corazón. No hay lugar para la contemplación y el éxtasis por la vida.
Y si bien salimos a flote, tanto yo como el bote, y recuperamos la pasión por vivir, respiramos aquél oxígeno y volvimos a valorar que la sangre se hiciera tinta y la tinta contase una historia, una por la que luchar y significar la firma del folio que llamamos existencia, hoy no pediré más sangre que la mía. Hoy me sacio con mi propio ser, y me lamo las heridas, y las dejo sangrar un poco, no vaya a ser que no las deje cicatrizar. Hoy me dejo cicatrizar. Aprovecharé el naufragio para recuperar el cofre y ponerlo a buen recaudo. Este mar salado no se me puede llevar a ningún lado, puesto que es más mío que de ningún otro náufrago.
Y que no me falte banda sonora para esta obra, ya que aunque las musas me abandonen la música siempre será parte de mí.